Encontrándonos en lugares públicos

mai 31, 2008

Estoy aquí esperando a que llegues.  Llegas media hora tarde, pero no te lo digo.  Miras a ver qué vamos a hacer, si haremos lo que acordamos cuando hablamos por teléfono.  Yo te digo que sí.  Por qué iríamos a ponernos a rebuscar a dónde ir a pasar la noche cuando a la noche le quedan pocas horas.  Pero eso no te lo dije.  De un tiempo a la fecha vengo recogiendo, guardando en mi cabeza  todas las cosas que nunca te dije, las que nunca te diré; aunque admito que pensar así es ser fatalista.  No me preocupa.  Ya me voy haciendo de la idea.

Bueno, vámonos, que estamos cerca.  Bajamos la calle hasta la Mercedes.  En la esquina del palacio de telecomunicaciones me preguntas si prefiero las mesitas de la plaza de España o entrar a Parada.  En ir a Parada quedamos desde el principio.  Tus dudas comienzan a inquietarme una vez más.  Volver contigo es saber a que me limito.  Acepto tu invitación aparentando indecisión, como una persona que tiene mucho qué elegir.  Me engaño para no admitir vulnerabilidades, debilidades, disponibilidades mil que siempre tendré cada vez que me pidas salir porque te encuentres aburrido en casa y quisieras dar una vuelta. 

 Caminamos hacia el bar.  Animado como cada viernes con gente en la acera, en la puerta, en la acera opuesta.  Y entonces, nos quedamos aquí, me preguntas sin mirarme, miras hacia adentro esperando a ver no se qué.  Bueno, no está mal, aunque la música que ponen es la misma todos los días, te respondo esperando que me devuelvas la llamada.  Igual los otros sitos están en lo mismo. 

 Dentro de Parada, pues eso, lo mismo.  Miras alrededor y reconoces caras, esas caras que también te miran y te han de ubicar.  Parada es uno de esos bares nocturnos que te hacen sentir de alguna manera satisfecho de ser una persona diferente a los demás junto a otros tantos que se consideran ellos también diferentes al igual que tú, o un tanto más o menos.  Voy por las cervezas, a ti te toca la otra, te digo al oído con una sonrisa, No creo que vaya a ver otra.  Con esa respuesta me inquietas.  Creo que me dices entre líneas que la noche va a ser más corta de lo que me hubiera gustado que fuera.  Pero tú no puedes leer lo que dicen mis ojos con tanto humo y tanta gente.

 De regreso, mientras me abro paso hacia la esquina en donde te has ubicado, te encuentro mirando al centro, a los demás bailar.  Volver a Parada es saber a lo que se viene.  En un espacio reservado, tipo lounge, te encuentras a varios jovencitos iniciándose en el arte de sostener un cigarrillo sin clandestinidades, por otro lado puedes ver a grupos de chicas con chicos que por sus ropas puedes distinguirlos entre publicistas, comunicadores sociales, gente de la farándula, gente no tan joven pero anclada en la gloria de los 80, o rememorando las esperanzas de los 70, o aún esperando la ilusión de los años 60, la mayoría de ellos clientes regulares, el resto puede que incluya alguno que otro extranjero o turista divirtiéndose con la chulería del local o en busca de marihuana.  También estamos tú y yo.

 Aún con tu silencio y mis ganas, tú y yo cabemos entre el público que adora a Parada.  Las paredes están llenas de mensajes.  Si algo caracteriza a Parada es el libre acceso que tienes para dejar un mensaje para quien sea de lo que sea con solo tomar marcador y hallar espacio.  Desde la entrada hasta el baño recorres toda una lista de Te recuerdos y Estuvimos aquí en fechas pasadas, recientes y hasta uno muy original para ser leído varios años en el futuro.  Mientras más se acerca al área de baño más íntimas se tornan las palabras.  Una vez dentro por los urinales los ves comúnmente indecentes acompañados con dibujo de pene gordo peludo, pero también los ves ya muy osados y sin dobles sentidos.  Raúl, eres para mí para siempre, te amo, Ramón; Miriam es una puta y si no lo crees, pues llámala: 809 565…; La tercera sacudida es una paja, etc. 

 Pero tú sigues igual de callado.  Te has terminado la cerveza y me dices que vas al baño.  Yo me fuí por otra a ver si me la acabo mucho de que me digas que prefieres irte a casa ya.  Me alcanzas en el bar y me pides que te compre una a tí también.  Te la paso y sales a la acera sin hacerme seña alguna de que vaya contigo.  Yo me quedo pegado a la barra de espaldas al bartender, dispuesto a beberme una pequeña de un trago y no puedo.  Toso y otro se ríe de mí.  Me mira pero no estoy para eso.  Salgo y te veo, le pides fuego a una muchacha pero no te paras a hablar con ella.  Hoy como que no tenías en realidad ganas de salir, me atrevo a preguntarte para romper tu calma, para forzar el rumbo de la velada si es que hay alguno.  Qué te digo, me respondes y ni así me miras a la cara, Es que te la has pasado como en la luna.  Por lo menos he logrado que sonrías.  Tengo hambre, me voy a ir, te llamo en la semana, o nos vemos por el messenger.  Ok.  Cuídate.  Te alejas con la cerveza en la mano.  Tomo otro trago largo y no logro acabarme la botella entera, disimulo que miro en sentido opuesto a tu partida para no dar la impresión de que me han dejado, de que te me has ido, de cierto desamparo, aunque no sé que tanto me delaten los gestos.  La noche va a seguir.  Unos se van a otros bares, o discotecas, otros llegarán de otros bares y discotecas.  Yo en realidad no sé a dónde querré ir después de aquí.

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