Gustavo a las seis
janvier 6, 2008
En la esquina de Sánchez con Padre Billini. El mensaje no tenía tantas en vocales en realidad. La cultura de los mini-mensajes prohíbe el uso de vocales y sílabas en favor de la rapidez, y el pragmatismo. Sergio entendió, en realidad, que ya Gustavo estaba en el lugar de encuentro, que le mandó el mensajito en el instante que él se dio cuenta que Sergio aún no estaba. Ya Sergio iba con retraso, saliendo de su casa a la hora acordada. Las cosas se complican por naturaleza cuando las coincidencias empiezan a trabajar a tu favor. El único día de la semana que Gustavo podía verle era hoy, miércoles, porque no le prometía nada para el fin de semana. Siempre hay familiares que visitar, o amigos que vienen de visita desde el interior o desde el extranjero. ¿Pero siempre? Sí, casi siempre, pero que te parece el miércoles a las seis en el Bar S de la zona. Pues bien, y cómo te reconoceré. Llevaré una camisa manga corta color amarillo pastel, igual ya me conoces de cara. Verdad. Vaya que poca lógica tienes para un chico de tu estilo. No me critiques, que no me conoces aún. lol. De que te ríes. De lo ingenuo que me pareces. La imagen engaña. Y las palabras también, puedes el miércoles. Ya te dije que sí. Bueno entonces me voy a cenar, te me cuidas. Igual tu. xoxo.
La conversación en realidad se desarrolló de la manera más directa posible. La ventaja de vivir en los tiempos del internet es de que los encuentros se dan de manera diferente, es decir se dan mucho más rápido. Lo que no logra aclararse aún en los tiempos actuales es la impuntualidad de los demás. Sergio llegó al bar una hora más tarde de lo acordado. Los tapones de Santo Domingo son una vaina. En los ojos de Gustavo se leía la negación de las excusas del otro. En los ojos de Sergio se leía la mirada de quien dice vaya pero que bueno esta este tipo. En persona se esfumaron las sospechas de que si tenía barriga, uñas sucias, voz de niña, ademanes femeninos, dientes apuntando a todas direcciones, o tamaño de pitufo. Se confirmó todo lo opuesto a esas ideas nacidas del temor que siempre acarrea consigo una cita parcialmente a ciegas de esas miles que dan el paso del ciberespacio al mundo real. Me ha tocado la suerte, pensaba Sergio pero no quiso creérselo, no a esas horas que era muy temprano aún.
¿No trabajas mañana? preguntó Sergio esperando la segunda cerveza. Claro que sí, que crees que soy un mantenido. Que pasa, no lo cojas así. Crees que soy un jevito cundío en cuarto. Yo no he dicho nada, eso lo dices tu. Veo que no tienes sentido del humor, estas muy serio, relájate un chín, te pido un tequila. No, que yo si tengo que trabajar. Que te he dicho que yo también trabajo. Pero por lo que veo en tu oficina no se darían cuenta de la resaca si llegas mañana con un suape. Entonces no sabes ni beber siquiera. Me haces parecer un niño. Espera. Gustavo toma el celular y sale a la acera para hablar. Ante un chico como él, Sergio ha perdido las armas que se necesitan para pasar un buen rato, la soltura, la gracia, y el sentido común que lo pondrían como un igual ante el chico que estaba ahora afuera, pequeña en mano con cigarrillo incluido, hablando por el celular con sonrisa en los labios. Sergio no le miraba por mucho tiempo, no quería quedar muy en evidencia. Temía que el embelesamiento se le notase a leguas, y si ese era el caso mejor no cruzarse con la vista de nadie que le pudiera delatar, que pudiera darse cuenta de las ganas que tenía por el chico que por fin pudo citar, tener tan cerca.
Sergio ya no ve a Gustavo allá afuera. Le ha perdido de vista. Parece que la conversación esa ya va para un buen rato. Se da cuenta de las canciones que ponen en el bar son de Café del Mar, del primer cd que se bajó de internet. Reconoce la canción actual y empieza a tararearla, a decir unas cuantas estrofitas en inglés. Apura la cerveza, y antes de acabarla pide otra. Faltan poco para las nueve. No sabe si salir a ver a donde se fue Gustavo, o quedarse a esperar como si no le importase nada, quedarse con la actitud de restarle importancia a la situación. Se da vueltas en el sillón, mira las paredes pintadas del bar, promueven a un pintor que por la apariencia de los cuadros ha de ser novel, joven, y por consecuencia bohemio, lo suficientemente talentoso para estar en la olla, y lo suficientemente suertudo para que un amigo de un amigo le enganchara para que el dueño del bar le cediera espacio para improvisar la galería. Y a dónde se habrá ido Gustavo.
Un chico como ése solo se ve en las revistas Flow, o Messenger Mag. De esos que siempre sonríen con amigos alrededor en un lugar de moda de la ciudad, con trago en mano con cigarrillo incluido. Sorpresa ha de ser para Sergio que la conversación que tuvieron cuando se encontraron por el chat se prolongaría lo suficiente como para brindarse la confianza de verse por la camarita. Gustos en común, por la música electrónica, cine independiente, literatura no best seller, comidas gourmet, ciudades Europeas, y series de televisión por cable. Todo por no parecer que se es más del montón. ¿Y tu familia sabe lo tuyo? Que va. La mía tampoco, yo vivo sólo, aunque eso, lo mío y a mi edad yo creo que ellos ya deben de suponérselo. Que va. Tu familia nunca te ha preguntado nada. No… No creo que seas gay. Que te da con eso ahora, digamos que soy bisexual. Tienes novia. La tuve, tengo amigas. Tienes sexo regularmente con chicas. Más o menos, y tu. Nunca. Y como sabes que eres gay si nunca has estado con una mujer. Nunca lo había pensado así, pero a ti te gustan los chicos. Digamos que sí. Sergio no se atrevió a preguntarle si él le gustaba. Sería ponerse muy en evidencia. Gustavo al sonreír dejaba ver un puntito en su barbilla, y los ojos se le cerraban un poco. Al verle en persona esa sonrisa y mirada perdida cobraban la viveza que en la pantalla se opacaba. Su pecho subía y bajaba al respirar, y su piel olía entre colonia y tabaco. Lo demás por descubrir era lo que Sergio apostaba por descubrir esta noche si no se alarga tanto, o por lo menos jugar bien las fichas y colarse en los planes de Gustavo para el fin de semana. A vuelto a verle, en la acera, aún continua con el celular, ya se terminó el cigarro. Ya ha colgado, ya viene para acá.